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Alberto Muñoz mira su reloj: minuto ochenta y nueve de la semifinal del campeonato de empresas. El tiro libre recién cobrado puede ser la última oportunidad de “Administraciones Muñoz” para conseguir el empate.

Carlitos pasa la mano por la pelota para sacale el pasto húmedo y asegurar la aerodinámica de su tiro. Es el mejor (y podría decirse el único) pateador del equipo. La barrera contraria se adelanta cuando el referí se distrae; en el área, los codazos no faltan. Desde el banco, Alberto Muñoz, grita órdenes sin destinatario y se frota el cuello en un vano intento por limpiar el sudor.

Es el primer año que llegan tan lejos en el campeonato y para Alberto Muñoz no es poca cosa. Está decidido a conseguir el trofeo este año. Hasta mandó a hacer una vitrina a medida para exponerlo en la sala donde recibe a sus socios. Tal es su determinación que, en las últimas dos reducciones de personal, prefirió indemnizar a Mirta de contabilidad y a Elena de Tesorería, ambas muy capaces en sus puestos, para mantener su plantel masculino.

—¡Cambio, cambio! —se escucha desde el banco de suplentes. Alberto Muñoz se acerca a Ramón, el joven pasante, que no parece muy ansioso por entrar. Es el más alto del equipo y Alberto Muñoz apuesta a que use su cabeza por primera vez para conveniencia de la empresa.

—Si metés el gol —le dice—, te compro una computadora.

Animado, Ramón se pone su camiseta y entra en lugar del petiso Pérez al área rival. El silbato suena y Carlitos acelera su carrera. El silencio se prolonga hasta que patea. El puntinazo se dirige al arco, un poco desviado a la izquierda. La barrera amaga un salto sin acercarse a la trayectoria del tiro. La pelota baja justo para que Ramón supere a los defensores y la peine directo al arco. Alberto Muñoz retiene cuanto aire frío puede. Palo. El arquero contrario, pasado en kilos, pone más empeño en maldecir a su defensa que en alcanzar la pelota. Un mal despeje deja el balón a los pies de Carlitos mientras Ramón cae doblándose el tobillo. La vista de Alberto Muñoz ya es borrosa, pero sus gritos son claros como el viento. El bombazo de Carlitos va directo al arco y él cierra los puños anticipando el festejo. La comba que toma la pelota la hace desembocar directamente en la nariz de Ramón, que queda tendido, de espaldas al arco, al borde de la inconsciencia.

—¡Hacé una chilena! ¡Por la computadora, hacé una chilena! —grita Alberto Muñoz al ver la pelota elevándose sobre su joven pasante al mismo tiempo que el arquero contrario.

Las tres costillas fracturadas de Ramón sanarán más rápido que el orgullo de Don Alberto Muñoz cuya vitrina de trofeos permanecerá vacía, al menos, un año más.

 

FIN

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