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La autopista estaba poco cargada, las pocas preocupaciones de Clara esa mañana jamás podrían haber incluido el escalofriante desenlace del viaje.

El sol bañaba los asientos traseros de la camioneta y la encandilaba cuando miraba por el retrovisor. Se preguntaba qué tipo de charla podría tener con su jefe durante las cuatro horas de viaje por delante.

Ella manejaba y el viejo iba con cara seria sin sacar la vista de su teléfono. Clara imaginaba que Juan Ortiz, el otro secretario, hubiese sido mejor opción que ella para hacer de chofer, sin embargo, el señor Lynch había insistido en que ella lo acompañe. Claro que ella no tenía problemas en ir, cualquier cosa era mejor que atender llamados de proveedores nerviosos un viernes de fin de mes. Se le cruzó por la cabeza que, tal vez, el viejo se quería propasar con ella, pero ese pensamiento no la molestó tanto como esperaba. Era soltera, casi pisaba los cincuenta y salía de una depresión que la había desmejorado mental y físicamente, ya había perdido la costumbre de que los hombres la busquen. Aunque el señor Lynch se mantenía bastante bien para su edad, y esa mañana parecía particularmente renovado, Clara nunca permitiría que pase algo. En caso de que el viejo se propase, Clara ya saboreaba una demanda por acoso sexual.

Cuando bajaron de la autopista a la ruta provincial no se veían camiones, entonces Clara empujó el acelerador con suavidad. Cada vez que aumentaba la velocidad la mirada del viejo se enfocaba en el tablero, en el velocímetro, era muy quisquilloso acerca de mantener el coche de la empresa libre de multas.

El viento que entraba por las ventanillas empezó a despeinarla con un ruido a turbina insoportable.

—¿Prendemos el aire, señor Lynch?

—No hace falta —respondió el tacaño Lynch. Parecía animado por la oportunidad de hablar y exasperado por la propuesta de prender el aire al mismo tiempo—. Gasta más nafta. Si vamos a noventa el viento no molesta y el auto consume menos.

Clara sacó la mano del botón de la ventanilla que había empezado a subir y la dejó a medio cerrar. Por mucho que su jefe lo diga, el ruido a viento no disminuía.

—Si vamos a noventa —continuó el viejo, mirando su enorme reloj de oro que a Clara se le hacía de pésimo gusto—, llegamos a la hora que habíamos calculado.

Ella no se atrevió a contradecirlo. No es que le tuviese miedo, como el resto de sus compañeros, pero el viaje era demasiado largo como para empezar a discutir desde el vamos. Tampoco conocía tan bien al señor Lynch, llevaba nueve años como secretaria en “Jabones Lynch y Lynch”, nombre que Clara no entendía ya que señor Lynch había uno solo, y pocas veces cruzó palabra con el viejo. Después de todo ese tiempo, saludarlo en los pasillos todavía era incómodo. Él siempre pedía las cosas por favor, pero nunca daba las gracias ni deseaba un buen fin de semana, tampoco le importaba la vida de sus empleados excepto que se tomaran vacaciones para saber cuándo volvían. Pero, a veces, el viejo sorprendía, meses atrás Clara fue a verlo a la oficina para pedirle licencia psiquiátrica. Su depresión parecía una bola de nieve que nadie podía detener y el psiquiatra le recomendó tomarse un tiempo. Pedir vacaciones porque estaba loca la llenaba de ansiedad, pero sabía que era necesario. Para su sorpresa, Abel Lynch le firmó los papeles sin hacer preguntas.

—Volvé cuando estés mejor —dijo.

La licencia no duró mucho, en tres semanas Clara se aburrió de jugar a la Xbox y ver los mismos chimentos en la tele. Hasta llegó a extrañar las peleas con los proveedores por teléfono. A la cuarta semana pidió el alta médica y volvió a sus labores. Un mes después emprendían el viaje.

El señor Lynch le pidió que pare en la próxima estación de servicio. Clara miró la aguja del combustible, marcaba más de tres cuartos de tanque. Advirtió entonces que su jefe saltaba con la vista de un espejo retrovisor al otro. «Debe tener miedo de que choque», pensó Clara.

Seis minutos después la camioneta se detenía en una gasolinera sin nombre. Los únicos dos surtidores tenían una fila de tres autos y el precario kiosco constaba de una vitrina con golosinas amarillentas por el sol y una heladera ruidosa con bebidas. Como Clara intuyó que no habían parado para cargar combustible, estacionó a un costado, aprovechó para ir al baño y el viejo compró algo en el kiosco.

Cuando estaba todo dispuesto para continuar el viaje, el señor Lynch insistió en manejar. Clara se contentó de poder relajarse un rato. Poco sabía que las cosas no iban a ir tan tranquilas como esperaba.

En cuanto la camioneta volvió a la ruta, el señor Lynch pisó el acelerador despacio pero sin detenerse. Clara miró el velocímetro con el rabillo del ojo, pero no se atrevió a pronunciar palabra. «Mejor si llegamos antes».

Cien. Ciento diez. Ciento treinta. El señor Lynch aceleraba en silencio. La brisa que entraba por la ventana se convirtió en un torbellino potente y escandaloso, sin embargo, Clara no se atrevía a subir la ventanilla. Su jefe no había cambiado la posición del asiento al subir, por lo que manejaba encorvado y disparaba miradas nerviosas al espejo retrovisor.

Clara sintió un pequeño vértigo en la punta del estómago cuando pasaron los ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. Cuando se decidió a decir algo, la voz del viejo cortó el silencio como un cuchillo.

—Nos están siguiendo ¡Esos hijos de puta nos siguen!

Clara se giró y miró por la luneta trasera. A unos quinientos metros iba un auto amarillo, parecía una vieja chevy, pero a esa distancia no podía precisarlo, llevaba el vidrio delantero oscuro.

—¿Qué está pasando señor Lynch? —preguntó la secretaria.

—Igual no pueden hacer nada si vamos rápido —dijo él, hablaba más consigo mismo que con ella—. No se van a arriesgar a que choquemos y…

El final de la frase permaneció flotando en la cabina de la camioneta. Ella volvió a repetir la pregunta, pero su jefe la ignoró.

Sobrepasaron a un camión con acoplado sin frenar, a los pocos segundos el auto amarillo volvía a estar detrás de ellos. Parecía acercarse de a poco, como un cazador que acecha a su presa.

Una curva obligó a Lynch a reducir la velocidad. Cuando el camino volvió a ser recto, el señor Lynch se estiró por sobre las rodillas de Clara.

Lo primero que la mujer pensó fue que el viejo quería propasarse y endureció la mano para darle un cachetazo. Pero se contuvo, fuera por temor a su jefe, fueran las altas velocidades a las que iban, el instinto le recomendó esperar antes de sacar el golpe. Entonces, pudo comprobar que, en realidad, el viejo había apuntado su mano hacia la guantera y no hacia ella. Luego quedó paralizada.

La portezuela cayó. En la guantera había una pistola, Clara reconoció al instante la célebre Glock semiautomática negra. Su jefe apretó un botón y se produjo un clic que indicaba que había quitado el seguro.

Clara no quitó los ojos del arma y levantó las manos como en un asalto.

—Agárrese —fue todo lo que dijo el señor Lynch antes de pegar un volantazo para invadir la banquina. Tras ellos, una nube de polvo se levantó hasta tapar por completo la visión. Entonces, el señor Lynch clavó los frenos y dejó caer la camioneta en la zanja al costado de la ruta. Clara sintió el golpe del cinturón de seguridad y, un segundo después, la boca se le llenó con el sabor a tierra con el polvo que entraba por la ventanilla.

Lynch había saltado fuera del vehículo y apuntaba con la semiautomática hacia la ruta. Entre tos y tos, Clara trató de quitarse sin éxito el cinturón de seguridad, quería alejarse lo más posible de la ruta y la camioneta.

En ese momento, unos chasquidos silbaron en el aire. Eran disparos. Clara se hizo bolita en el asiento y se encomendó a los santos.

Cinco tiros después, escuchó un chirrido de neumáticos, un golpe seco y estallido de cristales.

Luego silencio.

Levantó su cabeza y contempló el paisaje a su alrededor. La ruta estaba vacía, unos 50 metros adelante de la camioneta, el coche amarillo que los seguía estaba clavado en la zanja con todos sus vidrios rotos y la trompa comprimida como un acordeón, dos torsos inertes salían del parabrisas y colgaban en el capot, unos cuantos hilos rojos de sangre caían de los cuerpos por los costados del auto y se mezclaban con la tierra seca del fondo de la zanja.

Solo los insectos cantaban a su alrededor. Buscó su bolso y sacó el teléfono. Marcó el número de emergencias, pero antes de que la máquina le de tono, se abrió la puerta de la camioneta.

Apagó el teléfono por instinto. El señor Lynch se sentó tras el volante sin decir nada y colocó reversa con tranquilidad, como si se hubiese bajado a orinar y a seguir camino, acá no pasó nada.

Los neumáticos crujieron con la banquina y luego viajaron suaves por el pavimento. Las manos de Clara temblaban sin control, sentía un dolor a estómago vacío, como si no hubiese comido en días. El hombre no dijo nada, manejaba más calmado y parecía haberse olvidado del espejo retrovisor. Clara estuvo cuarenta y cinco minutos de viaje en silencio, no se atrevía a emitir sonido, como si estuviese atrapada en una jaula con un animal salvaje al que no se atrevía a llamarle la atención, imaginaba que serían sus últimos momentos de vida.

Cuando alcanzaron el primer pueblo, Lynch dobló en una calle sin señalización. Ella pensó en arrojarse de la camioneta en marcha para pedir ayuda, esperaría a ver algún patrullero o policía o, aunque sea, alguna aglomeración de gente. Pero para su desgracia, el pueblo estaba deshabitado, ni un alma caminaba por las calles. Tras alejarse de la ruta unos kilómetros llegaron a una zona de fábricas abandonadas donde las calles corrían entre altos paredones blancos con grafitis. Ahí fue donde el viejo estacionó.

—Abajo —gruñó el señor Lynch.

Clara desabrochó su cinturón de seguridad y se apeó sin chistar. Calculó la distancia hasta la esquina, eran más de cien metros de paredón llano sin lugar donde esconderse, tampoco ayudaban sus zapatos de tacón alto, definitivamente, correr no era una opción.

El señor Lynch fue hasta la parte trasera de la camioneta con el arma en la mano y corrió la lona que tapaba la caja.

Clara pudo ver entonces en la caja de carga el cuerpo de un hombre maniatado que se retorcía junto a un bolso de tela militar. El hombre parecía estar débil y enfermo y llevaba la cabeza cubierta con un saco negro atado al cuello con una soga gruesa, vestía un traje caro pero sucio y una corbata de seda fina que, a pesar de las circunstancias, Clara no pudo dejar de admirar.

Lynch empujó al hombre encapuchado como si fuese un costal hasta que lo tiró de la camioneta. El cuerpo golpeó de espalda contra el pavimento y se retorció de dolor. Entonces Lynch lo tomó del sobaco y lo puso de rodillas en la calle.

Clara gimoteaba de los nervios. ¿Por qué su jefe llevaba una persona atada en la parte trasera de la camioneta, por qué disparaba como John McClane y por qué estaban en el medio de la nada?

Entonces, el señor Lynch habló.

—En el bolso hay seiscientos mil dólares. Son tuyos. Usalos como quieras, pero te van a estar buscando.

—¿Quién me va a estar buscando? —preguntó Clara. Unas gruesas lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.

—La policía —respondió el señor Lynch—. Te van a buscar por matar a tu jefe.

Acto seguido, arrancó de un tirón la capucha que llevaba el hombre atado.

Clara quedó perpleja. Una parte de ella había reconocido el cuerpo cuando lo vio en la caja de la camioneta, o al menos la ropa y el conjunto se le hicieron familiares, pero con la extraña situación no pudo precisar de quién se trataba. Ahora que veía el rostro de aquel hombre, ataba cabos que nunca podría haber imaginado. El anciano arrodillado llevaba el rostro del señor Lynch. ¿Acaso era un sueño? Clara miró de nuevo al que sostenía la pistola para asegurarse, efectivamente, los dos hombres llevaban el mismo rostro, dos señores Lynch, solo que uno estaba amordazado, transpirado y golpeado y el otro portaba una expresión fría como el acero.

El que estaba de rodillas parpadeó unas cuantas veces al recibir el sol en la cara. Cuando vio a Clara trató de hablar.

Una explosión cortó sus intentos de palabras. El costado de su cabeza reventó por donde la bala salía. Una mezcla de sangre y sesos se estampó contra la blanca pared de la fábrica, Clara imaginó que era una asquerosa mezcla de mermelada de frambuesa con mollejas. Dejó escapar un grito agudo mientras el cuerpo sin vida se desplomaba a sus pies y unas gotas de sangre le mancharon la punta del zapato.

La secretaria perdió la fuerza en las piernas y cayó lentamente hasta el cordón de la vereda con la mente en blanco.

Los pensamientos de Clara se habían trabado, si le preguntasen qué pasó durante los quince minutos que estuvo sentada en la vereda frente al cadáver de aquel hombre, no podría asegurar nada, no había ni blanco ni negro ni gris, no había nada.

El hombre del arma se fue caminando tan tranquilo como cuando había manejado hasta ahí.

Cuando Clara volvió en sí el cielo había empezado a oscurecer. Todo parecía muerto, la camioneta vacía, el cuerpo maniatado y la sangre en la pared ya seca y oscura. Todavía tenía sabor a tierra en la boca, miró el bolso de tela militar con desconfianza, el que debía tener seiscientos mil dólares, pero no se atrevió a abrirlo.

Caminó sin rumbo hasta que se hizo de noche. Se sentó en el banco de una plaza que encontró de camino. Poco después, las luces de un patrullero la cegaron.

Ningún policía creyó su historia. Encontraron el arma asesina con sus huellas debajo de la camioneta y del bolso con dinero ni noticia.

Tampoco podría decirse que la justicia se esforzó demasiado, como la acusada mostraba un evidente desequilibrio mental y todas las pruebas apuntaban a ella, la sentencia fue rápida y sin cuestionamientos.

Y así es como Clara pasa sus días en el penal, sueña con monedas que tienen la misma cara de ambos lados.

 

FIN

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