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Conocí a Emil hace dos años, pensé que era un nene con cara sucia cuando lo vi haciendo malabares en la estación Pueyrredón, después me enteré, me contaron unos compañeros, de que era un hombre adulto. No sobrepasaba los tres cuartos de metro, su cabeza siempre iba por debajo de la mayoría de los cinturones. Un artista, una vez al verlo, se inspiró y escribió ese tango ficticio tan malinterpretado que habla de un niño con alma de hombre.

Yo era motorman en el subte. Un día, cuando terminaba de trabajar me acerqué a él y le hablé. Le caí bien enseguida, me dijo que le gustaba que no le hablara con lástima. Me contó como odiaba hacer malabares, pero pedir limosnas era la única manera que conocía.

Entonces tuve una idea. Le expliqué los movimientos de gente y cómo funcionaba esa masa transportada durante las horas pico; lo descuidada que puede ser la gente con sus pertenencias y cómo podría ser eso una ventaja para nosotros. Emil se entusiasmó enseguida con la idea. Estoy seguro de que no quería robar por maldad o comodidad, sino para dejar los malabares, las limosnas. Yo le mostré, por primera vez en su vida, que su condición tenía alguna ventaja.

Al otro día empezamos a trabajar. Yo pedía por los altavoces a los pasajeros que bajen sus mochilas y carteras para que puedan entrar mejor, entonces, atacaba Emil. Después de la primera hora pico, vino emocionado a la cabina a mostrarme todo lo que había conseguido. Había tres teléfonos, dos billeteras, dos pañuelos y algunas monedas. Le sopapeé la nuca cuando vi que no había apagado ninguno de los tres teléfonos del botín.

Con el tiempo mejoró en el oficio. Era el rey de la parte baja del vagón. Paseaba a entre un bosque oscuro de piernas, donde el aire es más fresco, donde, según me dijo, mientras más gente hay, es más tranquilo. Ya la experiencia le había enseñado a elegir los mejores bolsillos, los gordos y desprotegidos. Revisaba carteras y mochilas sin perder tiempo y se llevaba las cosas de mayor valor, no más pañuelos y monedas.

Después de un tiempo empezó a llevar una navaja plegable muy afilada, se la había sacado a un viejito vestido de militar. Usaba el cuchillo para cortar tela, extirpaba billeteras de los sacos como un cirujano saca un apéndice. «Mi bisturí y yo» decía cuando me contaba alguna operación exitosa, lo blandía de un lado al otro o jugaba a plegarlo y desplegarlo. La navaja, abierta, parecía un machete en sus manitos.

Eran buenas épocas para los dos. Hacíamos buena plata. Pasábamos las noches recorriendo cabarets, Emil se emborrachaba y coqueteaba con las chicas. En esos momentos admiré del poder de la confianza que yo había encendido en aquel hombre, era un éxito con las mujeres, cambiaba de novia todas las semanas.

Pero todo lo bueno tiende a desgastarse. Empecé a cansarme de las giras nocturnas y cada vez entendía menos a Emil, estábamos cambiando mucho. Un día me cuestionó por qué íbamos a mitades con las ganancias si era él quien hacía todo el trabajo. No supe qué contestarle y peleamos. Esa fue la última vez que lo vi con vida.

Tres meses después fui citado a declarar por su muerte. Según la policía, yo era la persona más cercana a Emil que pudieron encontrar, no tenía familia ni nadie que se preocupase por él. Fue entonces cuando el fiscal me contó las últimas horas de mi antiguo compañero con escalofriante precisión. Gracias a los análisis forenses, los testigos y las cámaras en la estación de tren reconstruyeron su muerte.

Por cuanto supe, Emil me dejó a mí, pero no su forma de vida. Seguía agenciándose cosas ajenas, solo que ahora lo hacía en el tren. Así estuvo un tiempo, y fue feliz y tuvo más dinero. Dejó la habitación del conventillo en que vivía y se alquiló una con cocina y baño privados. Del tren no se sacaba tanto dinero como en el subte, pero él se quedaba con toda la recaudación.

Hasta que un buen día la suerte dejó de sonreírle. Fue en un día de lluvia, la gente viajaba en misma cantidad, pero mojada. Sé que esos días irritaban a Emil porque se veía obligado a esquivar paraguas y sobretodos, los bolsillos estaban más tapados, veía poco, se mojaba y pasaba frío. Fue entonces que, según coincidieron los testigos, un fuerte olor a pelo mojado apestó el vagón; lo llevaba un perro mojado sin raza, blanco y de ojos azules, olfateaba y se movía sin hacer caso a la gente.

El momento fatal sucedió cuando empezó a sonar un teléfono que, casualmente Emil acababa de adjudicarse. Parece que esto alteró al can que desapareció por un segundo de la vista de todos. Nadie llegó a ver la pelea, ocurrió muy rápido y muy abajo, a la altura de las rodillas. Pero sintieron el escándalo y se apartaron. El cuerpo sin vida de Emil yacía en el centro del vagón. Su garganta había sido arrancada de un mordisco y la sangre que brotaba ensuciaba botas y zapatos. Cuando las puertas abrieron, el perro, con una navaja clavada en el ojo izquierdo, se perdió en la estación.

No soy mucho de creer en fantasmas pero, de existir, no creo que se queden donde la persona murió, sino donde fue definida. Por eso, cuando veo a un pasajero caer en cuenta de que lo acaban de robar, me acuerdo de él. Entonces, miro al techo y pienso que ese tipo acaba de hacer una ofrenda involuntaria al espíritu de Emil.

FIN

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