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4:30 a.m.

Los pájaros empezaron a cantar, dentro de poco amanece, no hubo ningún tipo de actividad paranormal, todavía.

De todas formas, no perdí el tiempo, aproveché para aprender cómo funcionan los equipos nuevos. Compré cámaras con disparadores automáticos, filmadoras con infrarrojo y micrófonos especiales para altas y bajas frecuencias. Regué los aparatos por toda la fábrica, en los pasillos, oficinas y líneas de montaje. El contador Geiger lo tengo a mano, es lo único que no sé si anda, no tengo idea de cómo probarlo. También puse termómetros junto a las cámaras para detectar cambios bruscos de temperatura y, además, hay dos antenas en el techo y el patio para captar señales de radio. Cada cosa la monitoreo en tiempo real por computadora.

Las historias que se cuentan de esta fábrica son las típicas: el espíritu de un operario accidentado que ronda por las noches, niños enterrados en el sótano, rituales satánicos, el antiguo cementerio colonial en el sótano; y así siguen. Ni siquiera Ricardo, el sereno, trató de impresionarme con cuentos, se la pasó preguntándome para qué servía cada aparato que desempacaba. Era bastante molesto, por suerte, ahora se fue a tomar una copa al bar, aprovechó que yo me quedaba y lo cubría. No es lo ideal hacer este trabajo solo, pero igual, agradezco la tranquilidad.

Del lugar no me puedo quejar. La oficina donde planté base está justo atrás de la recepción, es donde Ricardo pasa la noche entre ronda y ronda. Hay un anafe y un sillón de dos plazas para descansar, la contra es que no hay ventanas y, como cerré la puerta, mi única comunicación con el exterior son las cámaras de video y los micrófonos.

 

4:53 a.m.

Recién vuelvo de revisar las cámaras y los micrófonos, están como los planté. Revisé las mediciones de los otros equipos, los termómetros no se movieron en horas y el contador Geiger sigue sin hacer nada. La antena del patio captó una pequeña estática, la revisé con emoción, pero después de aislar el sonido, amplificar, limpiar y revertir; resultó ser ruido sin más, alguna señal cruzada. En cierto modo, una parte de mí agradece la falta de acontecimientos, es la primera vez que hago esto de “cazar fantasmas” y todavía estoy un poco nervioso.

A veces me ataca la idea de que esto es una pérdida de tiempo y dinero, sobre todo cuando recuerdo lo de ayer. Preferiría borrar de mi memoria lo que pasó ayer. No tuve mejor idea que asesorarme con el primer espiritista que encontré en internet, fui a dar con un tal José Drake. Me dijo que la mejor manera de conseguir “manifestaciones” (como él las llamaba) era realizar una sesión de espiritismo en el lugar. Antes de poder preguntar nada, me dio a conocer sus honorarios los cuales no eran nada modestos. No sé cómo, pero terminé por aceptar.

Como el dueño de la fábrica estaba muy entusiasmado con mi proyecto, podía disponer de las instalaciones a mis anchas las veces que quisiera, claro, siempre fuera del horario de producción y sin tocar las máquinas. Entonces, quedamos en hacer la sesión de espiritismo en la recepción esa misma noche. Íbamos a estar presentes Ricardo, el espiritista y yo.

Cuando vi a José Drake, me empecé a sentir estafado, llevaba un turbante blanco y una túnica floreada que le cubría todo el cuerpo del cuello hasta los tobillos. Ni bien empezó a hablar, ya no me quedaron dudas de que me estaba timando. Su acento falso y sus ademanes eran tan exagerados que a Ricardo le costaba contener la risa. Antes de empezar me pidió que le pague en efectivo.

La sesión pareció una mala puesta en escena de película de terror, o más bien comedia. Prendimos velas y nos tomamos de las manos mientras el médium preguntaba al aire si había espíritus. Ricardo ya no disimulaba la risa y hacía comentarios irónicos que el medium parecía no entender; yo no paraba de sentirme un idiota.

De pronto, José Drake empezó a gritar como desquiciado, ordenó a una supuesta entidad que abandone el lugar. Después se tiró al piso y se cubrió la cara con la túnica. Traté de calmarlo y levantarlo, pero cuando se incorporaba, resbaló y golpeó la cabeza contra el mostrador de la recepción. El golpe sonó fuerte y seco, me asusté, si rompía algo, podría tener problemas con el dueño y quizás no me dejaría venir más a la fábrica. Por fortuna, el mostrador estaba entero, entonces con Ricardo levantamos al tipo y le preguntamos si estaba bien. Sin mediar palabra, el espiritista se levantó y se fue con la mirada perdida.

No volví a saber nada del espiritista, le envié un par de mensajes que nunca respondió. Ricardo no paraba de reírse y de recordar cada detalle de cómo aquel hombre me había estafado, cosa que a mí no me hacía la más mínima gracia. Espero no volver a cruzarme con esa clase de gente otra vez.

 

5:04 a.m.

¡Algo pasa! Hay ruidos en el patio, el micrófono se desconectó, pero lo escucho desde acá: parecen chapas que golpean contra el portón de entrada, son como pasos lentos y fuertes. La cámara de la entrada no muestra nada, la coloqué en mal ángulo, ¿en qué pensaba? Estoy temblando, pero no me voy a asustar ahora. ¡Para esto vine! Voy a salir…

 

5:25 a.m.

No imaginaba que un cuerpo inerte pudiese pesar tanto, casi me rompo la espalda cargando a Ricardo hasta la oficina.

Bien parece que las expectativas me jugaron una mala broma. Linterna en mano, abrí la puerta para investigar la causa de los ruidos del patio, pero justo en ese momento, volvió el silencio. En el patio encontré al sereno tirado en el piso, rodeado de latas vacías y diarios mojados, cuando me acerqué, casi me tumba del olor a cerveza. ¡El desgraciado se quedó dormido donde cayó!

Ahora ronca en el sillón, tan alto que el micrófono de la recepción lo capta.

A esta altura, ya podría dar por finalizada la noche, voy a revisar si se rompió el micrófono desconectado y empiezo a guardar las cosas.

 

6:00 a.m.

Alguien toca el timbre del portón. No debería atender yo, pero Ricardo no se despierta por más de que lo sacudí varias veces. Voy a tener que ir a ver…

 

11:45 p.m.

Bueno, por fin desperté, no sé cuánto habré dormido, no recuerdo ni cuándo me acosté, todavía no me recupero del todo. Después de lo que viví, dudo más que antes en seguir con esto de la búsqueda de fantasmas. Ahora, en casa, más tranquilo y descansado, voy a escribir lo que me acuerdo.

Cuando fui a atender el portón, el sol ya brillaba y me dolía en los ojos. El timbre insistía y maldije por lo bajo al que tocaba. Como no tenía la llave de la garita de vigilancia, donde estaba la ventana para atender a los visitantes, grité a través del portón rojo.
Me contestó la voz de una mujer con acento extraño, decía ser socia de José Drake y que necesitaba hablar conmigo.

Abrí el portón, algo en esa voz transmitía confianza y tranquilidad. Al otro lado había una mujer mucho más alta y fornida que yo, parecía una amazona. La miré desde abajo con sorpresa, una mata de pelo rubio le llegaba hasta la cintura y vestía una especie de poncho de seda sobre un vestido largo.

—Hola, mi nombre es Elvira —dijo—. Don José me ha comentado de ayer. —No contesté—. ¿Puedo pasar?

Tardé en reaccionar, al escuchar el nombre de José Drake imaginé que la mujer había venido a sacarme dinero de alguna manera, pero algo en su mirada no me dejaba cerrarle la puerta en la cara. Entonces, la dejé pasar.

Camino a la oficina del sereno me comentó, a modo de presentación, que ella practicaba magia negra, brujería, satanismo y a veces asistía a su socio, José Drake, en casos complicados. Yo estaba bastante cansado y no asocié sus palabras, no entendí que ella quería decir que el mío era un caso complicado.
Disimulé mis bostezos lo mejor posible hasta que llegamos. En la oficina, nos recibió la imagen de Ricardo desparramado en el sillón; Elvira me preguntó qué le había pasado. Le conté cómo lo había encontrado y los ruidos en el patio. A ella pareció no convencerle mi interpretación de los hechos y pidió escuchar las grabaciones. Al principio me negué, ya había guardado casi todo, pero ella insistió, parecía hechizarme con su voz, grave pero femenina, y terminé por encender la computadora.

Le di los auriculares y busqué las grabaciones de los micrófonos. Iba y venía por los audios a las partes que ella me señalaba. Me excusé por el mal ángulo de la cámara de la entrada y por el corte del micrófono del patio, pero ella me ignoró y pidió escuchar los audios de las cámaras.
Habrá escuchado las grabaciones durante unos quince minutos cuando se sacó los auriculares y muy seria me dijo—: Este hombre fue atacado.

—Sí, lo atacó una botella —respondí con el soplo de una risa.

Elvira me miró con desprecio, mi chiste no le había causado gracia. Y la verdad es que hasta ese momento no se me había ocurrido que Ricardo pudiese haber sido víctima de otra cosa más que del alcohol, pero caí en la cuenta de que cuando lo fui a buscar, yo estaba tan indefenso como un cachorrito. Me subió un vacío por el estómago.

Sin saber exactamente qué decir, volví a guardar las cosas mientras ella revisaba al sereno desmayado. Llevé unas cuantas cajas a la camioneta y volví a la oficina. Elvira tocaba la frente de Ricardo y recitaba una oración entre susurros. Cuando fui a levantar la última caja, escuché que hacía un sonido extraño, como si un grillo metálico estuviese atrapado. Abrí la caja. Dentro, el contador Geiger chillaba como desquiciado, la aguja vibraba en el medidor como si le tuviese miedo a algo.

—¡Cuidado! —Escuché que gritó Elvira.

Sentí un fuerte golpe en la nuca y después negro. No sé cuánto tiempo pasó hasta que abrí los ojos, habrán sido segundos, y vi a Elvira de pie, inmóvil, desafiante. Frente a ella estaba Ricardo, o lo que parecía ser él, tenía mirada violenta, los ojos rojos de sangre y las pupilas negras y dilatadas, su boca babeaba y la mandíbula le colgaba inerte.

Traté de levantarme, pero en cuanto hice fuerza con los brazos sentí una aguda punzada en la nuca, donde había recibido el golpe. El sereno avanzó hacia Elvira con precaución, la medía. Ella empezó a recitar palabras en un idioma que se me hizo latín. El sereno poseído se acercó más y más y levantó los brazos para atacar. Sin dejar de entonar sus recitaciones, Elvira metió la mano en el escote de su poncho y sacó un colgante con una piedra negra engarzada, sus palabras se tornaron en una melodía. Al ver el collar, el sereno dejó de avanzar y se llevó las manos a los oídos para no escuchar el canto.

En ese momento me palpé la nuca, el dolor era intenso, pero los dedos salieron limpios, buena noticia, no sangraba. Me incorporé tan rápido como pude y me arrojé sobre el sereno sin pensarlo. Lo abracé por la cintura y ambos fuimos al piso, traté de sujetarle los brazos pero tenía demasiada fuerza y no despegaba las palmas de los oídos. Su boca estaba abierta y desencajada como la de una serpiente que va a comer un huevo grande pero no salían sonidos, gritaba en silencio. Entonces sentí un peso enorme a mis espaldas, Elvira se había echado sobre nosotros. Acercó el colgante a la boca del sereno mientras continuaba su cántico cada vez más férreo.

Por fin, el colgante cayó en la boca de Ricardo. El sereno pareció apagarse, todo su cuerpo quedó flojo como gelatina, los ojos, aún abiertos, volvieron a ponerse blancos, pero seguían hinchados, parecían dos huevos duros.

Elvira fue la primera en moverse, salió de encima mío y me ayudó a levantarme. Los dos jadeábamos. En cuanto estuve por decir algo una tos me interrumpió, Ricardo luchaba por respirar, con la cara roja y las venas del cuello y la frente hinchadas. Se me achicó el estómago pensar que aquel hombre se moría en frente mío. Por suerte, Elvira reaccionó rápido y se apuró a sacar el collar de la boca de Ricardo.

La piedra del colgante parecía más pequeña que antes, pero no podría asegurarlo y definitivamente no iba a preguntarle a Elvira. Ella se tomó todo con increíble tranquilidad. Ricardo no tardó en despertar. Estaba confuso, ajeno a todo lo que había pasado, dijo que lo único que recordaba era haber llegado a la fábrica y nada más. Después, preguntó quién era Elvira y qué había pasado. Ella se presentó como una vecina y le mintió con que lo había visto desmayarse por un golpe de calor. Sin hacer más preguntas, el sereno nos invitó a marcharnos, la fábrica estaba por abrir sus puertas.

Mientras los tres cruzábamos el patio, me acordé que había olvidado la caja con el contador Geiger y volví a la oficina al trote. Cuando llegué escuché que el aparato había empezado a emitir su chillido de grillo otra vez. Me agaché para revisarlo de cerca, sentí un peligro inminente, como si un cuchillo afilado pendiera de un fino hilo sobre mi cabeza, un calor hediondo y una ansiedad angustiante. Alcé la vista y vi una cabra negra que me observaba desde la puerta de la oficina. El animal me estudió unos segundos en los que no me atreví ni a respirar, después, el animal se adentró en los pasillos de la fábrica. Entonces el contador Geiger se murió, el grillo metálico se había silenciado y la aguja volvía a marcar cero.

Volví al patio y Ricardo me preguntó si todo estaba en orden. Le contesté que sí y me apuré a subir todos los equipos a la camioneta.

Me despedí de ambos, Elvira me dejó su número y me dijo que la llame si quería hablar de lo sucedido. Yo todavía no me creo nada de lo que pasó, ahora lo escribí por miedo de olvidarlo como se olvidan las pesadillas.

 

FIN

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