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Mirta sacó las tartitas dulces del horno y las revisó con cuidado, ¡qué sorpresa se iban a llevar! Pasó los bizcochos a una fuente, la tapó con un repasador y la llevó al segundo estante de la heladera; aplastó una bolsita de ketchup hasta casi reventar y reubicó un frasco de pepinos en la puerta, entre el yogurt y una bandeja con carne. Ya está. Limpió los utensilios en la pileta y fue al living.

No contaba con mi presencia cuando encendió la luz. Dejó escapar un grito agudo y volvió de un salto a la cocina. Se preguntó si sus ojos no la engañaban, si realmente había un hombre corpulento en su departamento, sentado en el sillón con cara de nada. Por las dudas, buscó un arma, como los cuchillos le daban impresión, revisó el bajo mesada, donde encimaba los productos de limpieza, metió la mano hasta el fondo y sacó una lata de insecticida en aerosol. Con el matacucarachas en alto, como quien sostiene un revólver, y con pasos cortos y silenciosos, volvió al living.

Apuntó al sillón con hombros tensos, pero no disparó de inmediato. No, en cambio, me examinó con más tiempo y menos sorpresa. Como yo no reaccioné, se acercó unos pasos más. Escrutó mi traje negro, camisa blanca y pies descalzos, siempre con el insecticida apuntado a mi cara y su dedo índice tenso, preparado.

Yo seguía absorto en mi memoria, repasaba como un chico antes de un examen el mensaje que debía entregar.

El último paso de Mirta le hizo sonar la articulación del tobillo ¡clac! y salí de mi trance. Clavé mis ojos en ella, su dedo reaccionó y disparó.

El ardor fue violento y rápido, comía todo a su paso; los ojos, la nariz y la boca se me llenaron de líquido insecticida, lágrimas y mocos.

—¡Yarrghh! —grité mientras me deslizaba por el sillón hasta el piso. El ataque de Mirta siguió hasta que mi grito se convirtió en sollozo.

Entonces, confundida, se alejó unos pasos.

De rodillas en el piso y sin dejar de frotarme los ojos con la manga del saco, busqué la forma de calmar el picor.

—¿Se encuentra bien? —preguntó. No sé si fue por un sentimiento de culpa o por mis gritos desconsolados, pero ella se figuró que yo era inofensivo.

—¡Agua! Agua, por favor. —Mirta salió disparada a la cocina—. ¡Y un trapo! —agregué cuando ella estaba a mitad de camino.

La mujer tomó un vaso y lo llenó hasta el tope con agua de la canilla. Se tomó un segundo para dejar el insecticida en su lugar y sacó el repasador que descansaba sobre la manija del horno. Antes de salir de la cocina, revisó con una fugaz mirada la llave de gas.

Para cuando volvió mi rostro ya había tomado los colores de un atardecer.

—¿Qué quiere primero? ¿El agua o el repasador? —preguntó.

Como no veía bien, extendí mis manos al aire en busca de cualquiera de las dos cosas. Tomé con firmeza lo que supuse era el trapo, lo acerqué a mi cara y empecé a fregar. Pero resultó no ser el trapo lo que me pasaba por los ojos, sino la pollera de Mirta. Ella encajó un zapatazo en mi vientre con la fuerza de un cometa y yo quedé hecho un ovillo sobre la alfombra.

Después de zollipar unos segundos, sentí la piadosa mano de Mirta extendiéndome el vaso con agua. Al ver, entre lágrimas, el líquido, lo volqué sobre mi nariz con un solo movimiento. Sacudí la cabeza y parpadeé, los ojos volvían a tener foco. Pude notar, entonces, que el repasador había quedado en la mesita ratona, lo tomé y empecé a fregarme la cara. Mientras acariciaba mi rostro con la tela, dije apagado—: ¡Más agua! —Y cuando Mirta estaba por desaparecer en la cocina agregué—: Por favor.

Mirta llenó esta vez el vaso hasta la mitad, con mucho desgano. Antes de regresar al living, empujó la puerta de la heladera para asegurarse que estuviese cerrada.

Cuando volvió me ofreció el vaso en silencio y se sentó en el sillón de una plaza frente a mí. Tomé el agua que se mezcló con el veneno de mi boca, lo cual le dio un sabor entre amargo y agrio, sin embargo dejé escapar un satisfecho “Aaaahhh”. Después, me froté los ojos un rato más y cuando terminé apoyé el repasador en la mesa ratona y le puse el vaso encima. Entonces, ella empezó con su interrogatorio.
—¿Se encuentra bien? —preguntó más por educación que por preocupación.

—¿Qué cree? —contesté ofuscado, no podía cerrar la boca más que para articular algunas sílabas— ¡Na!

—Bueno, no se enoje, eh. La culpa es suya por andar entrando en casas ajenas. Si vino a robar, le aviso que tengo más insecticida.
—No vine a robar, vine a entregar un mensaje.

Mirta no ocultó su confusión.

—¿Y por qué no tocó timbre en lugar de entrar tan campante?

—Bueno, es natural: ¿cuándo vio o escuchó de un fantasma que toque el timbre o se anuncie?

Ella frunció la frente hasta que sus cejas chocaron, me examinó de pies a cabeza mientras yo me sentaba, sacudía las rodillas del pantalón y me acomodaba la solapa del saco.

—Me va a decir que es un fantasma, usted.

Me detuve en seco y la miré ofendido.

—No debería dudar de la palabra de un fantasma —dije con orgullo—, no es sabio, ni educado.

—¡Pfff! Vaya a otro con ese cuento.

—¡Ah! ¿No me cree?

—Claro que no. Por empezar, si realmente fuese un fantasma, no debería beber agua. ¡Los fantasmas no beben agua!

—Lo hacemos cuando nos atacan con armas químicas en la cara.

Suspiré, no estaba de humor para andar justificando mi existencia. Me senté en el sillón, crucé las piernas y le expliqué con tono recriminatorio:

—El problema es que usted me lo roció sobre la nariz.

—¿Nariz? Los fantasmas no tienen nariz —dijo indignada.

—Dígame entonces ¿qué es esto? —Señalé mi nariz con el dedo.

—Bueno… yo… Tenía entendido que los fantasmas, bueno, no sentían nada.

—Pues sí lo hacemos, si traemos nariz, es por algo. Si no, andaríamos desnarizados.

—Bueno, es la primera vez que veo un fantasma que es tan…

—¿Acaso vio muchos fantasmas? —la interrumpí.

Ella clavó la mirada en el alfombrado y torció la boca sin responder. Me recliné en el sillón y, mientras sonreía con triunfo, mi mirada se detuvo en la pared frente a mí, luego en la mesa grande, luego en la otra pared. Intrigado, observé los globos y las guirnaldas que cruzaban de lado a lado. Sobre la mesa había una considerable cantidad de botellas con bebidas blancas en hilera detrás de una pila de vasos plásticos. Un equipo de música antiguo con parlantes grises enormes desplazaba la correspondencia apilada sobre el modular. Pegado en medio de un gran espejo sobre el mueble un cartel con letras negras y robóticas rezaba: “Chau Luli”.

—¿Hubo fiesta acá? —pregunté.

Mirta pareció acordarse de algo y asintió, se levantó y empezó a acomodar la mesita ratona.

—No, va a haber. Estoy preparando una despedida de soltera —dijo mientras encaraba para la cocina con el vaso y el repasador. Cuando llegó, continuó hablando a los gritos para que la escuchara—. Una amiga se casa dentro de poco y… —Se interrumpió y pareció cambiar de opinión a media frase—. ¿Y por qué le cuento esto a usted? Le voy a tener que pedir que se vaya.

—Ya le aclaré que soy un fantasma.

Mirta asomó la cabeza por el marco de la puerta—: ¡Fuera de mi casa!

—¡Ah, claro! Por supuesto, ya entendí —dije sin despegar la espalda del respaldo del sillón—. No se preocupe, en cuanto termine de hacer lo que vine a hacer, me voy.

Mirta volvió, apoyó los puños sobre las caderas y torció levemente la cabeza. Su cara reflejaba fastidio, entendí que estaba apurada.

—Vine a cumplir una misión —expliqué—. Tengo que entregar un mensaje a Mirta.

—A mí.

—¡Claro! Tengo que advertirle de algo importantísimo.

Mis palabras despertaron la curiosidad de la mujer, que pasó del fastidio al interés en un tris. Se sentó en el sillón y me prestó oído, yo me incliné hacia ella como si fuera a confesarle un secreto. Tomé aire, levanté el dedo índice de mi mano derecha y lo solté—: No me acuerdo.

Mirta mordió el aire con fuerza y sus pómulos empezaron a tomar color.

—¡¿Me está cargando usted?! ¡Mándese a mudar de una vez!

—¡Epa, epa! No se enoje —me atajé—. Al fin y al cabo, la culpa es suya.

—¿Cómo dice? —Estrujó su pollera entre los dedos.

—Sí, fue su culpa. Usted me tiró eso en la cara justo cuando estaba memorizando el mensaje. Es normal que ahora no lo recuerde ¿Qué esperaba?

Mirta se quedó otra vez sin poder retrucar. Se cruzó de brazos, de piernas y corrió la cara.

—Mire —dije en un intento por tranquilizarla—, no era tan largo el mensaje. Si usted me ayuda, por ahí me lo acuerdo.

Ella miró desconfiada unos segundos y volvió a apartar la cara. Mi memoria se negaba a ayudarme, entonces busqué con la mirada algo que me ayude a recordar y, como intuía que la paciencia de Mirta llegaba a su límite, solté lo primero que me vino a la cabeza.

—Tenía algo que ver con Luli —dije.

Volví a captar el interés de Mirta, que planchó su pollera con las manos y se acercó a la punta del sillón.

—¿Luli? —dijo—. ¿Qué será?

—No me acuerdo exactamente ¿alguna pista?

—Mmmm, déjeme ver. —Se llevó el índice a la boca—. Seguro tiene algo que ver con Paco, que se casa con Luli. Paco y yo fuimos novios, ¿sabe?

El nombre de Paco no me sonaba para nada, pero la animé a continuar con su conjetura.

—Tal vez —retomó—. El mensaje era: “No dejes escapar a Paco”. —Sonrió al aire como imaginando los escenarios de sus últimas palabras.
—Creo que no —dije.

—¿Seguro?

—Ahora me hace dudar.

Mirta se reclinó en el sillón y extendió los brazos como si explicara lo obvio: —¡Es evidente! ¿Por qué iba a venir justo hoy entonces?
Levanté una ceja en señal de desconfianza. Después de pensarlo unos diez segundos, bajé la vista y encogí los hombros.

—Puede ser.

Mirta se levantó del sillón.

—Pues ya puede irse de una vez.

Se enjugó una lágrima imaginaria, me agradeció y encaró a la puerta.

—¡Espere! —dije.

— ¿Qué pasa ahora? —resopló ella.

—No era eso.

—¿Cómo?

—Que no era eso lo que le venía a decir.

—¿Está seguro?

—Sí, cuando entregue el mensaje, debería poder irme, y no puedo irme todavía.

—Tal vez si se levanta del sillón…

Sin contestar, volví a sumergirme en mis pensamientos, a ver si podía recordar el mensaje. Mirta, entre suspiros, se acercó con la intención de echarme del departamento, pero antes de que pudiese tocarme, sonó el timbre.

—Ya llegaron ¿ahora qué hago? —Mirta sacudió la cabeza de un lado a otro buscando una solución —. ¿Puede hacerse invisible? —preguntó.

Me ofendí muchísimo.

—Usted ve muchas películas, yo no sé hacer eso.

—Bueno, aunque sea —dijo levantándome del codo—, vaya a la habitación y quédese calladito.

Me empujó por el pasillo hasta su pieza, olía a encierro de verano por más que la ventana estaba abierta, me señaló la tele para que haga algo y me recordó tres veces que mantuviera silencio; yo me acomodé en la cama y miré la tele.

Mirta fue a contestar el portero y, antes de bajar a abrir la puerta, prendió el equipo de música para alegrar el ambiente.

Cuando arribó el contingente, el departamento pareció revolucionarse, por un segundo creí que habían entrado a robar. Pero no, era el cotorreo de cinco mujeres, cuatro en realidad ya que Mirta casi no hablaba. De cuantas conversaciones simultáneas que se dispararon durante los primeros cinco minutos, no pude entender ninguna. Las tres chicas que acompañaban a Luli, la agasajada, eran Moni, Cami y Cachán, ellas se amucharon en el sillón de dos plazas. Luli, por su parte, se sentó en el sillón individual mientras que Mirta fue a buscar una banqueta.

Ya acomodadas, Cachán encaró a la habitación, bolso y campera en mano, para dejar sus pertenencias. El resto de las amigas, acostumbradas a disponer de la casa de Mirta como si fuese la suya, la siguieron. Mirta pegó un salto y se interpuso ante la puerta.

—Denme a mí que yo les guardo las cosas —dijo—. Es que la habitación está hecha un desastre.

Las amigas se miraron entre sí, conocían los trastornos obsesivos compulsivos de Mirta y no creían que su habitación pudiese estar desordenada. Luli resopló con fastidio, como hacía cada vez que Mirta se portaba raro. Cami fue la primera en esbozar una sonrisa picaresca y las demás parecieron entender la situación con esa sutil mueca: sospechaban que el stripper se ocultaba en la habitación.

Mirta se puso colorada mientras tomaba todas las carteras y camperas, después trató de abrir la puerta lo menos posible y se deslizó con los brazos llenos entre la rendija como si fuese un gato.

Tiró las cosas sobre la cama con desgano y me susurró que me mantuviese callado. Antes de salir, entornó la ventana por si llegaba a llover.

Cuando volvió al living, los tragos ya estaban servidos. Mirta rechazó la bebida que le ofrecieron y se sirvió jugo de pomelo.

Hablaron de la vida que le esperaba a la que se iba a casar, recordaron sus amoríos pasados y mecharon con intermitencia las anécdotas personales de cada una. Mirta no participaba más que para las risas comunitarias, cada vez que hablaban de Paco, el futuro marido de Luli, miraba para otro lado.

En ese momento sentí una fuerte picazón en la nariz, al parecer el efecto del insecticida no se había ido del todo y no pude contener un fuerte estornudo.

La conversación del living se cortó como si la hubiesen desenchufado. Mirta me maldijo por dentro unas cuantas veces y se excusó con que las paredes del departamento eran finitas y seguramente se trataba del vecino de arriba. Las miradas picarescas volvieron a circular entre las amigas, excepto por Luli, que no disimulaba su desprecio hacia las mentiras de la anfitriona.

Mirta buscó una excusa para desviar la atención, entonces se dijo que había llegado el momento. Anunció que tenía una sorpresa y fue emocionada a la cocina.

Las mujeres en el living aventuraron posibilidades y quedaron profundamente decepcionadas cuando Mirta volvió con una bandeja llena de tartitas.

Había cinco tartas coloridas, una para cada una, la destinada a Luli era un poco más grande, de colores chillones y con una forma muy sugerente. Todas rieron y aplaudieron la idea con comentarios golosos, excepto Luli, que sin protocolo dijo que estaba a dieta para entrar en el vestido, a lo que Mirta, masticando bronca, le respondió que aunque sea probase la puntita. Todas estallaron de risa y Luli no pudo librarse de la insistencia de las demás. Tomó su tarta con dedos índice y pulgar y la acercó a su boca.

Yo no prestaba mucha atención a lo que pasaba en el living, quería más bien largarme cuanto antes. Justo en ese momento llegó a mi cabeza como un relámpago el mensaje que estuve intentando recordar toda la noche. Rebosante de emoción, salté de la cama y salí al living.

Interrumpí justo cuando Luli posaba sus dientes en la tartita, ella, claro, se alarmó y no llegó a probar el dulce.
—¡Ya me acordé! ¡Ya me acordé! —grité.

Moni aplaudió emocionada y Cachán comentó en voz baja que el stripper no se parecía en nada al de la foto. Mirta se paró sin saber exactamente qué decir, balbuceó unas frases débiles y me miró con ojos suplicantes.

—Me acordé del mensaje —le dije con orgullo. Después me aclaré la garganta y hablé con voz galante—: Si envenena la tarta de Luli, va a perder todas sus amistades.

Quedaron pasmadas. Algunas pensaron que se trataba de una broma, pero Luli, que nunca había confiado mucho en Mirta, tiró la tartita al piso como si se tratara de una papa caliente.

—Una tarta envenenada —dije para amenizar el incómodo momento—. ¡Qué ingenioso! Me siento como el fantasma de las navidades futuras.

Silencio, la tensión casi paraba los pelos.

—¿Nadie leyó a Dickens? —pregunté. No contestaron, ¡qué groseras! Entonces desaparecí, como hacen los fantasmas.

Mi salida no sorprendió a nadie, había cosas más importantes en el aire. Luli le clavó una mirada acusadora a Mirta, que no hizo más que encogerse como quien admite la culpa. Entonces, fueron todas a la habitación a buscar sus pertenencias y se marcharon sin saludar. Mirta quedó sola con una canción de Miles Davis de fondo. Miró la brillante tarta en el piso, sola, sucia y peligrosa. Cuando estaba por levantarla, escuchó el portero.

—Soy el stripper —dijo la voz gruesa de un hombre que estaba abajo.

Mirta dudó unos segundos mientras contemplaba la tartita brillante, ya sin forma.

—Un minutito —dijo. Fue a su habitación, abrió su cartera y contó cuántos billetes tenía, regresó al portero eléctrico y dijo—: Ahí bajo.

FIN

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