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No soy un hombre bueno, y ya nunca lo seré. Lo supe un día, al que podríamos llamar el último día de mi vida, o por lo menos, de mi cordura. Todo comenzó con un mensaje, llegó a eso de las once de la mañana, número desconocido, solo decía que necesitaba una sesión de fotos en una hora. Respondí que sí y le pasé mi dirección, ya me había despertado y, como no soy muy amigo de la mañana, ni se me cruzó preguntar qué tipo de fotos quería o cuántas. De todas formas ya me iba a enterar. Sí que me iba a enterar.

Como no tenía mucho tiempo, fui a ducharme. Mientras hacía mi ceremonia del aseo me preguntaba qué tipo de persona sería este cliente y cómo habría conseguido mi número. Tenía por regla general no rechazar trabajos, no quería volver a la remisería de papá. Por eso había montado el estudio en casa. Ahorré mucho y gasté lo mínimo en iluminación y equipos; por lo general, la gente no se da cuenta que la mitad de las cosas no andan bien. A las personas les da tranquilidad pagar, piensan que uno no cobraría si no fuese un experto. Eso y tener el salón limpio, con eso me bastaba.

Cuando me colgué la cámara y miré a través de la lente por primera vez, soñé con recorrer el mundo y ser testigo de momentos únicos e irrepetibles. Me llamaba la aventura, conocer lugares, civilizaciones, personas y animales. Pero el romanticismo duró poco, no tardé en resignarme a bautismos, bar mitzvahs, cumpleaños y demás hasta que, con el estudio armado en el linving, di el gran paso a la independencia profesional. Y aunque casi no iba más a los salones de fiesta, esa noche tenía que hacer fotos en un casamiento donde no me pagaban poco, era del primo de un amigo, un gordito simpático con tanta ingenuidad como plata. Acepté el trabajo porque me caía bien.

Si bien sacar fotos a tíos borrachos, madres orgullosas y hermanos que simulan no odiarse por una noche no era tan excitante y exótico como esperaba, nunca dejé de querer el oficio. Congelar el tiempo en el momento preciso, único y perfecto me obsesionaba. Aunque no me crean, algunos instantes dicen más que otros. En ciertos momentos de… inspiración, buscaba capturar la fotografía perfecta, la fracción mínima de infinito que pudiera contar todo.

Salí del baño y, con el pelo todavía mojado, puse manos a la obra: abrí los paraguas, prendí los tachos y alisé la sábana; limpié los ceniceros del escritorio, levanté los vasos, la taza y prendí un sahumerio. Por último, escondí toda la ropa sucia en la habitación, antes de cerrar la puerta me miró el cuadro que tengo colgado sobre la cabecera de la cama. Una réplica de dos metros y medio de largo de La Noche Estrellada de Van Gogh. Había editado la imagen, agrandándola, modificando milímetro a milímetro para que no pierda calidad o expresión. Desembolsé una pequeña fortuna para imprimir la gigantografía. Miré a través del cuadro con orgullo y me pregunté si ese sería el día que consiga la foto perfecta.

Cerré la puerta y salí al balcón. La mañana estaba calurosa y pesada. Prendí un cigarrillo mientras sacaba fotos al paisaje del séptimo piso. Era una manía que tenía para hacer tiempo. Debía de tener cientos, si no miles, de fotos de la vista del balcón. Todas, todas las guardaba para hacer un montaje algún día.

En eso escuché el timbre. Bajé.

Era una chica que llevaba un traje de dos piezas, me dio la impresión de que salió de una película noir, pero, al contrario de la iconografía detectivesca, su vestido era rosa chicle con brillos; los zapatos, sombrero y guantes de seda estaban a juego con el vestido. Pasó sin decir palabra. Cuando la tuve cerca sentí un leve pero agradable olor a sudor femenino.

El pelo era curioso, a un costado caía un mechón blanco platinado y del lado contrario era negro opaco, cuando se sacó el sombrero para entrar al ascensor comprobé que toda su cabellera formaba una insólita escala de grises, un degradé sorprendente que no tuve vergüenza en admirar durante todo el viaje hasta el estudio.

Cuando llegamos al séptimo piso, me clavó sus ojos negros. Los sentí, por un momento, acusadores, el resto de su cara era inerte, como un androide, como una estatua seca en una fuente que ya nadie visita.

Una vez dentro del estudio le ofrecí esa calidez característica con la que endulzo a mis clientas, la cual no era la misma que podría ofrecerle al primo de mi amigo que se casaba esa misma noche. Pero ella no contestó a ninguna de mis insinuaciones, hasta sus tacos altos daban pasos mudos, como si pasearan sobre una alfombra y no sobre las cerámicas blancas.

Le dije que se acomode. Fui a encender la cámara y la preparé para suavizar el rosa chicle del vestido.

Como dije, ella no habló ni hizo sonidos, no me di cuenta cuando se acercó, ni cuando se desnudó, ni cuando acomodó el sombrero, el vestido y los guantes en el piso. Me sorprendió con su cuerpo desnudo y tardé en reaccionar.

Tragué saliva y le dije que se acomode bajo la luz. Apunté la cámara. No imaginaba que sacaría ese tipo de fotos, ni siquiera estaba seguro que la chica fuese mayor de edad. Intenté parecer profesional, nunca supe si pude lograrlo. Era la primera vez que fotografiaba un desnudo y me cuesta reconocer que no estaba preparado.

Después de siete fotos, cerré los ojos y respiré profundo. El olor del sahumerio empezaba a borrarse del ambiente. Sentí el peso de la cámara en mis manos y vino a mi mente el cuadro en la cabecera de mi cama, la noche estrellada. Tuve la seguridad de que ese no sería el día de “la fotografía”. Entonces, apuré la sesión.

Ella hacía las poses “sexys” de siempre, las que había visto mil veces, el hecho de que estuviese desnuda no compensaba su falta de emociones. La creatividad frente a la cámara requiere un tipo especial de personas, ella (en ese sentido) no lo era, casi ninguna de las chicas que había capturado era especial.

—Contame, ¿para qué es el book? ¿Sos modelo? ¿Actriz?

No contestó, claro. Casi por instinto salieron más palabras de mi boca:

—Tranquila, las fotos no duelen.

Como si hubiese prendido la mecha de un petardo con mis palabras, dio un salto atrás y se vistió en segundos. Se tapó los ojos con el ala del sombrero y enfiló a la puerta.

—Van a estar para mañana —le dije cuando llegamos a planta baja. Por lo general, me tomaba una semana para entregar trabajos, pero este quería sacármelo de encima rápido.

Ella asintió y salió apurada como perseguida por el demonio.

Sin perder tiempo, empecé a editar las fotos. Si me apuraba, podía terminar la mitad del trabajo antes del casamiento. Copié las fotos y empecé por la última, me pareció que tenía más potencial.

Los ojos de la chica, estáticos en la computadora, me parecieron irreales, como dibujados por un chico. Traté de darles vida con brillo, color y contraste, pero esa mirada se volvía más extraña a cada cambio. Llegué a hacer zoom y retocar píxel a píxel el contorno de las pupilas, agregando brillos inexistentes y suavizando las sombras, en un intento de reproducir esa mirada que recordaba como acusadora, casi dolorosa. Línea sobre línea continué el trabajo sin quedar satisfecho, cada vez que alejaba el zoom para ver la foto entera, contemplaba un fracaso y volvía a empezar.

El trabajo parecía automático, ajeno y distante, como estar drogado en un sueño. El tiempo voló sin darme cuenta. Siempre fui obsesivo con los retoques, podría no haber sido el fotógrafo más honesto, ni el más capacitado, pero siempre veía cada foto como un desafío personal y no me permitía dejar cosas a medias o mal hechas. Creo que era más orgullo que profesionalismo. Sin embargo, esas fotos parecían potenciar mi obsesión, mi enajenación, creo que las podría llamar ¿hipnóticas?

El teléfono me devolvió a la realidad. Ya era de noche. Al otro lado de la línea, el tipo que se casaba, el primo de mi amigo. Los invitados y el cura me estaban esperando para las fotos. Le corté a media puteada. No había manera de salvar ese trabajo, con un poco de suerte, no me iba a incendiar en facebook.

Aproveché la pausa para ducharme de nuevo, a ver si podía ordenar las ideas con agua caliente y vapor. El baño bajó un poco la ansiedad y me abrió el apetito olvidado, no había comido en todo el día.

Entonces, salí a la calle. Los pies me llevaron directo a los Sawarmas de Cacho, un antro grasiento del barrio de Palermo donde muere la noche de los que no ligaron en el boliche. Cuando llegué estaba vacío, era temprano, Cacho me sirvió un especial de la casa que no pude terminar y una cerveza caliente que poco hizo por distraerme.

Ni siquiera me acuerdo cuándo decidí que no iba a terminar el shawarma y dejar la mesa, ni cómo volví al estudio. Lo único que me acuerdo es que no paraba de pensar en las fotos, en el rosa chicle y el pelo en escala de grises, pero sobre todo en sus ojos.

El primer ataque llegó cuando saqué las llaves para abrir la puerta. Las manos me temblaban sin control, un frío burbujeante me tapizó el cerebro. No era la primera vez que sufría un ataque de ansiedad así que traté de no desesperar. Respiré profundo y encendí todas las luces del estudio. La del baño, la de la habitación, la de la cocina, el balcón. Sabía que tratar de dormir iba a traer más problemas que soluciones. Me senté en la computadora y busqué algo de música. Puse el último álbum de Coldplay y traté de leer el diario.

Antes de que terminase la tercera canción, ya estaba editando las fotos. Se me ocurrió aplicar un filtro para sacar color a los ojos y tratarlos como sombras. No era una idea brillante, pero en ese momento cualquier cosa parecía buena.

Debieron de pasar horas cuando la chica en las fotos me dejó de parecer ella, como pasa cuando uno se ve mucho tiempo frente al espejo y se vuelve irreconocible.

La música había terminado, pero no puse otro disco ni me saqué los auriculares. El tiempo volvía a escaparse de mí. Todavía no salía el sol, pero algunos pájaros ya cantaban al nuevo día. Revisé la agenda. A las ocho tenía que fotografiar unos fideos de plástico para la marquesina de un restaurante. No había preparado nada y no tenía ganas de hablar con nadie. Le mandé un mensaje al cliente para reprogramar la sesión pero nunca supe si llegó a verlo.

Inundado de culpa, me dije que esas fotos no me iban a cagar la carrera y las borré, con un pequeño vértigo en el pecho las eliminé para siempre de la papelera de reciclaje. Fue como escupir un adoquín. Cuando recobré conciencia de mi cuerpo, vi que mis manos seguían temblando. Empezaba otro episodio de ansiedad.

Salí al balcón a fumar. La marihuana no tenía gusto y la madrugada estaba muy fresca. Cada vez que cerraba los ojos, la mirada de la chica me gritaba en la mente.

Perseguido por el recuerdo de las fotos, me di cuenta de que no las había borrado de la cámara, solo de la computadora. Aunque siempre solía dejar la tarjeta de memoria vacía, esta vez no lo había hecho, quizá una parte inconsciente de mí predijo lo que iba a hacer. Entonces las descargué a la computadora y prometí que sería el último intento de retocar las imágenes.

Creo que en ese último intento es donde perdí conexión con la realidad. Las líneas, colores, luces; todo empezó a parecerme nuevo y extraño, vi formas y tonos que nunca antes había visto. Todo recuerdo de ese proceso ahora me parece surreal.

No pasó mucho hasta que me resigné. Esos ojos, esas fotos, jamás iban a tener vida. Terminé 7 imágenes como pude, no me atreví a contemplarlas en tamaño completo, pero las pequeñas vistas previas mostraban deformaciones extravagantes de alguna corriente artística de pesadillas. Copié las fotos a un pendrive y la llamé.

No contestó. Le mandé un mensaje: “Hola, terminé el trabajo. No te voy a cobrar”. Respondió casi al instante con una carita. Después me envió unas coordenadas. Era a cinco cuadras. “Ya voy”.

Mi clienta silenciosa estaba a cinco cuadras. Salí corriendo, no llevaba las fotos, pero eso no iba a importar.

Llegué a la dirección y toqué timbre, como respuesta, la puerta se abrió sola. Subí por una escalera hasta un semipiso que parecía una galería de arte, amplia y vacía, con inmensas paredes blancas sin decorar y un piso de madera bien pulido y brillante. Ella estaba sentada en un sillón viejo con lamparones de mugre, el único mueble de la sala.

—¿Qué me hiciste? —le pregunté, directo y un poco sorprendido de la violencia de mi voz.

Ella torció la cabeza, como un cachorro que no entiende las palabras humanas.

Me acerqué y volví a preguntarle un poco más calmado—: ¿Qué me está pasando?

Se levantó. Sentí que el pulso comenzó a fallarme y un vértigo me atacó cuando mis piernas se aflojaron solas. Señaló a mis espaldas. Cuando me di vuelta, mi cuerpo terminó de ceder y caí de rodillas al piso.

Era la gigantografía de La Noche Estrellada en la cabecera de mi cama. Era la pared de mi habitación, volvía a estar en mi estudio. La pintura se agitaba como si un ventarrón la soplara por detrás.

Grité.

Ella se acercó al cuadro, sin provocar el mínimo ruido con sus pies descalzos, silenciosos, parecía flotar, y yo me alejaba y el cuadro se movía como si la tierra se partiese al medio; volví a gritar, ¿conocía mi secreto? ¿Mi búsqueda? Mi cruz, mis culpas y miserias; desgarró el cuadro desde una punta, como si fuese un afiche mal pegado.

Y todo estaba ahí. Como lo había dejado. Debajo del cuadro se escondía el rectángulo de corcho que apenas se veía debajo de tantas fotos clavadas, amontonadas, había perdido el orden hacía bastante tiempo. Los intentos de capturar el momento perfecto. La transición. Esos chicos que no verían el mañana, con los ojos agonizantes o muertos, cuando congelé sus vidas para siempre.

Era la primera vez que me enfrentaba a los asesinatos que cometí. ¿Así se sentía la culpa? ¿O solo había descendido al fondo del delirio? Sea como fuere, mi cabeza no soportó más. Abrí la ventana. Efectivamente, estaba en mi estudio, siete pisos me separaban del pavimento.

Salté.

El aire en la cara y el frío de la mañana me abrazaban. La paz volvía.

Por fin.

¿Por fin?

Abrí los ojos. Sentía la inercia, la velocidad de la caída. Pero no caía. Avanzaba, no era la calle la que se acercaba a toda velocidad, era el corcho con las fotografías. Crucé los brazos para protegerme y todo quedó en silencio. Sin golpe, sin estruendo, sin dolor. Ese insoportable silencio de muerte, como lo llaman.

Después nada, de nada.

No hay culpa, no hay miserias, no hay alegrías. La soledad eterna e interminable.

Ahora soy parte de esta lámina de corcho. Mi alma, si es que algo de ella queda, comparte la eternidad con los chicos a los que maté. Ellos no me hablan, o bien porque no pueden, o porque no quieren, da igual. Yo, por otra parte, estoy condenado a contarle mi historia a todo aquel que se acerque.

 

FIN

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