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¡PAM! El golpe de la puerta sacudió la casa rodante, necesitaban recobrar el aliento, y la cordura; no podían asegurar si aquella bestia de la noche todavía los perseguía.

—¿Podrá entrar? —preguntó Lara, la más joven de los tres, era casi una niña y los nervios la hacían ver aún más infantil. Tenía los ojos rojos e hinchados, las lágrimas le desparramaron el maquillaje y formaban ríos negros en su cara.

—No sé —contestó Amanda. Su voz grave luchaba por no quebrarse.

—Digo, esto es técnicamente una casa. Si no lo invitamos a pasar… ¿estamos a salvo?

—No sé —repitió Amanda.

—¿Pero esto es una casa? ¿o no? ¿podrá entrar?

—¡No sé, no sé! No-sé. —Amanda cerró los ojos y trató, sin éxito, de controlar el temblor de sus manos. No quería abandonarse al pánico.

Franco, su hermano, se acercó y la abrazó por reflejo, pero pronto se separó. «Estamos muertos» pensó. No se atrevía a hablar, el vampiro había entrado a la cabaña por su culpa. Repetía la secuencia en su cabeza una y otra vez. Como buenos buscadores de mitos y leyendas, ellos sabían que los vampiros solo pueden entrar a las casas cuando son invitadas, pero no pensó que decirle “acercate y te rompo la cara” valía como invitación. Entonces todo se descontroló. «¡Estúpido orgulloso!» se maldijo una y otra vez. Y como una obsesión incontrolable, apareció en su mente la imagen de Ricardo, Ricky; su amigo acababa de morir y ellos eran los próximos.
La luz dentro de la casa rodante amenazaba con abandonarlos, el foco parpadeaba con un desesperante sonido a insecto y teñía todo de amarillo.

—Vamos a calmarnos —dijo Amanda—. Si no puede entrar a la casa rodante, solo tenemos que esperar a que amanezca.

—¿Y si puede entrar? —preguntó Franco con la voz mínima y apagada.

Amanda lo fulminó con la mirada y después se acercó a Lara que temblaba con la cara paralizada en una mueca de dolor. En un abrazo la llevó hasta la mesa. Ambas se sentaron y la pequeña hundió la cara en el pecho de su amiga. Un hedor a pis caliente inundó el lugar. Franco vio la calza mojada de Lara, pero prefirió no hacer ningún comentario. Desvió su atención a las ventanas. El contorno de los árboles ahogaba el cielo y el viento que agitaba el follaje parecía burlarse de ellos.

Un rayo iluminó el bosque por una milésima de segundo. El muchacho se apartó de la ventana de un salto. Abrió el armario y sacó una escoba. Intentó partirla, primero con los brazos y después con la pierna como palanca, pero no pudo. Amanda lo miraba con seriedad y desaprobación. Sin desanimarse, Franco levantó la escoba en el aire a modo de bate de béisbol, esperaba un jonrón de sesos de vampiro.

Lara dejó de temblar, parecía dormida. Amanda asumió que se había desmayado por el shock, entonces, miró a su hermano y cruzó el índice sobres sus labios. “Shhh”. Él lo entendió, mejor no enterarse cuando llegue el momento.

Pasaron unos minutos en silencio, parecieron horas. Franco se permitió relajar los brazos, eran fuertes y firmes pero la escoba empezaba a pesarle. Se apoyó contra la pequeña mesada y se mordió el labio frenéticamente, una costumbre que había suprimido a los diez años y le volvía en ese momento.

Otra vez los recuerdos del pasado reciente segaron sus pensares. La imagen de Ricky con los ojos blancos, mientras la vida se escapaba de su cuerpo retorcido entre las garras pálidas y afiladas de aquel ser. Ricky, a quien le debía todo, desde que eran niños hasta el último segundo de su vida lo había protegido, cuando le sacó al vampiro de encima y lo retuvo para que ellos escapen. Parecía un mal sueño, los colmillos hundiéndose sin oposición en el cuello de su amigo.

Como efecto de una voluntad diabólica, el bosque enmudeció. En el aire solo flotaba el sonido a insecto de la luz. Franco y Amanda volvieron a intercambiar miradas. Un golpe seco en el techo. Luego uno más suave, y otro, y otro. Eran pasos, se alejaban, desde la cabeza de Franco hasta la parte delantera de la casa rodante y se detuvieron antes de llegar a la claraboya del frente.

Amanda tragó saliva y apretó más a Lara que apenas respiraba y le ensuciaba la remera con el maquillaje disuelto de lágrimas. Al otro lado de las ventanas todo era negro. Franco imaginó que el tráiler estaba perdido en el espacio, flotando a la deriva. Así se sentía, a un mundo de distancia de cualquier esperanza.

Esperaron el siguiente sonido, alguna señal de su acechador. Cualquier cosa parecía mejor que ese silencio mortuorio. Y llegó. El foco de la luz reventó. El amarillo que producía se disolvió en siluetas azuladas. No llegaron a acostumbrar sus ojos a la oscuridad cuando llamaron a la puerta.

Toc, toc, toc… toc, toc.

—Se está burlando de nosotros —dijo Amanda sin notar que Lara ya no respiraba.

Franco gritó. Primero imploró piedad, después empezó a insultarlo. Por un segundo estuvo a punto de desafiarlo otra vez, pero se tapó la boca. Entonces, para no hablar más, empezó a golpear la escoba contra el lavaplatos hasta que la partió. Había conseguido dos estacas, le pasó una a Amanda y empuñó la otra.

Toc, toc, toc… toc, toc.

¡BUM!

¡BUM!

Dos golpes, como cascotazos, abollaron la chapa cerca de la cabeza de Amanda que se levantó, las lágrimas de su amiga habían formado el dibujo de una mariposa negra en su pecho, apoyó la espalda contra la puerta y levantó su media escoba. Ya no pretendía mantener la calma, tampoco se acercó a Lara cuando el cuerpo flácido de la chica cayó al piso.

—¿Está golpeando? —preguntó Franco. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y vio que Amanda temblaba. «Abrazala» pensó, pero no se atrevió a hacerlo.

—No —dijo Amanda. Bajó los brazos como rendida, como entregada a un destino inevitable. Habló monótona —: Son los ladrillos que traban las ruedas.

La casa rodante empezó a moverse. El metal gastado chirrió los primeros metros. Empezó una marcha lenta, después ganó velocidad. Franco se aferró a la mesada.

—¿No tiene frenos esto? —preguntó.

Amanda no contestó y se dejó caer con el primer bache, en su viaje al piso, golpeó la cabeza con el borde de la mesa y aterrizó inconsciente sobre el cuerpo de Lara.

La carrera del remolque continuó, Franco luchaba por mantenerse en pie mientras el suelo se inclinaba cada vez más, las ventanas seguían negras, perdió noción del arriba y el abajo; árboles, rocas, pozos, la caravana no se detuvo con nada hasta que se desprendió del suelo, habían llegado al borde del risco, cuarenta metros los separaban del piso. El silencio de la caída libre fue un instante y finalizó con toda la inercia acumulada al impactar el remolque con el suelo firme e impenetrable.

Dos segundos después, una figura se erige frente a los escombros. La casa rodante parece un bollo de papel arrugado. El ser contempla su obra con una sonrisa en los labios. Sus colmillos están ocultos, satisfechos, tal vez, hasta el mes próximo. Alza sus manos despacio y con postura como de quien maneja un títere. El hierro torcido y la chapa crujen, se desdoblan. La puerta vuela por los aires, expulsada por una gran presión. La sonrisa del vampiro se hace más grande.

De los escombros, el cuerpo de Lara se levanta, extraño, curioso, abraza su nueva existencia.

FIN

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