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Conduzco hace horas por esta ruta sin curvas que corta el desierto; ignoro las señalizaciones, me guío por instinto, veo la tienda y freno.

Con más costumbre que esperanza, bajo del auto. Dejo la puerta abierta para que baje el perro que me acompañó los últimos 60 kilómetros, lo encontré mendigando agua y lo levanté para no estar solo, todavía no decido su nombre.

La tienda es tal como me la imaginaba: una casucha decadente con tablones mal clavados y ventanas sucias. Está sola, a 20 metros de la ruta, es lo único que rompe con la monotonía del paisaje.

El perro explora el lugar, olfatea un arbusto seco y hace sus necesidades. Miro la vastedad del desierto, hay pequeños remolinos de polvo pero no está lo que busco. No me sorprende, no iba a ser tan fácil.

Me acerco a la tienda, los vidrios devuelven reflejos de tierra confundidos, el cartel de “Open” me invita a pasar. Abro la puerta, un chirrido anuncia mi llegada. El perro se acuesta en los tablones de la entrada, dice que me espera afuera.

Adentro está oscuro, la luz cálida del desierto estampa líneas lentas en la pared y no iluminan nada más. El aire huele a queroseno y detergente, el aroma me acompaña hasta el mostrador.

El viejo que atiende sigue mis pasos con la mirada, tiene un loro de una sola pata parado en el hombro y su rostro parece el de un viejo lobo de mar. A ambos les falta color, parecen haberse escapado de una fotografía vieja. Cuando me paro frente a ellos, el loro empieza a aletear y a saltar en su pata.

—Disculpe a Babel —dice el anciano refiriéndose al loro mientras lo calma con unas caricias en la cabeza—. Se emociona con las visitas. Dígame ¿en qué puedo ayudarle? Servimos las mejores empanadas de la zona, y las únicas también. —Echa a reír y el loro pronto lo imita.

—No, gracias —le respondo—. Necesito indicaciones.

El hombre, como si mi pregunta lo necesitara, se limpia las manos con un repasador mugroso y se prepara para escuchar.

—Persigo los remolinos de polvo, busco uno grande ¿Sabe dónde se forman?

Entiende mi indirecta. Arquea los párpados y dispara una sonrisa fugaz y cómplice, se acerca hacia mí y espera a que agregue algo más.

—Un carrusel áureo —concluyo.

—¿Usted busca el circo de LaGrange? —Con estas palabras el loro se inquieta, despliega sus alas y se lanza a volar. Da una vuelta dentro de la tienda y se posa sobre el dorso de la mano que el anciano alzó para recibirlo. Sin esperar mi respuesta, continúa:

—Pocos saben interpretar los escritos de LaGrange. Miles de personas viajan al mar, fruto de malas interpretaciones. Las costas se plagan de curiosos y los que viven allá promueven la mentira en busca de lucro. —Hace una pausa—. Sin embargo, usted viene aquí.

—Pasé varias temporadas en el mar —reconozco con pudor.

Miro afuera a través de la ventana. El polvo del desierto danza, la coreografía del caos. El anciano me acompaña en la contemplación y sacude la cabeza.

—Todavía le falta la mitad del acertijo —dice—. Usted no llega al circo, no puede, el circo debe encontrarlo a usted. Si se acerca con suficientes esperanzas, puede llegar a ver un bigote de dragón o la cola del ratón rosado, pero después de un tiempo, pensará que fue una ilusión. Para entrar realmente al circo, tiene que completar el ritual.

—Entiendo que uno debe estar acompañado. —Señalo al perro que me espera afuera.

El anciano y el loro empiezan a reír por un rato. Cuando terminan, el viejo me habla con gesto paternal.

—No dudo de la fidelidad de su mascota. Pero yo no le daría un beso a un perro del desierto.

—Pensé que el beso al mediodía era figurado… una decoración del poema, solo una necesidad de la rima.

—¡Claro que no!

El hombre dirige una mirada al loro y éste toma vuelo y desaparece por la puerta del fondo como si fuese en busca de algo. Esperamos en silencio, miro la puerta y me pregunto qué traerá el ave. De la oscuridad del umbral emerge una chica de piel morena y ojos verdes. A medida que se acerca, me aparto del mostrador sin quitarle los ojos de encima. Intento mantener el decoro, pero estoy seguro de que no lo logro.

—Mi hija, Gea —la presenta el anciano. Ella hace una reverencia —. Puede acompañarlo en su búsqueda, nunca vio el circo y me gustaría que lo haga. Trátela bien.

Gea rodea el mostrador y se para al lado mío, el aire se llena con un aroma de aloe vera. Ella toma mi mano y me señala afuera con la cabeza. Abre la puerta sin hacer ruido y salimos.

Ella va por delante, no me suelta. Antes de alejarnos demasiado, me detengo y le pregunto si el perro puede acompañarnos. Ella se vuelve, saca una botella de agua de su bolso y le da de beber al perro con la mano.

—Es un viaje largo —me dice, su voz suena a uvas con miel.

Los tres caminamos hasta que todos los horizontes parecen espejismos. Ella se sienta en el piso en un punto indeterminado, el perro también; yo tardo un poco más. Empieza a preguntarme cosas, le cuento que soy biólogo y me interesan las especies exóticas, no es sorpresa mi fascinación por el mito de LaGrange; mis intentos fallidos, mis viajes en camioneta por el país, las caridades de las que vivo. Ella escucha mientras nuestras sombras disminuyen. Vuelve a tomar mi mano y el perro apoya su cabeza jadeante sobre mi rodilla. Con mi mano libre rasco tras su oreja y él lo saborea. Levanto la vista y dos esmeraldas me miran, cerca, aloe vera. Aparecen los tornados de polvo, uno muestra una garra de tigre. Cierro los ojos y un elefante estornuda. Siento los labios de Gea contra los míos, están secos, una suavidad rasposa. Me acaricia la nuca, toma aire con la nariz y se separa.

Abro los ojos y el circo nos rodea, pero no dejo de ver a Gea, su mirada, si aparto la vista, todo desaparece. El perro se levanta y persigue al hurón con cola de vaca que vuela alrededor nuestro, veo un dragón verde reflejado en las pupilas de ella, el caballo con crines de arena le pasa por detrás, lo monta una serpiente con bonete, o eso parece. El viento levanta, el polvo oscurece todo, toma forma de carpa, estamos en el centro, el circo de LaGrange no tiene espectadores. Ella aprieta mi mano y sonríe, ya no soportamos el viento y el polvo en los ojos, los cerramos y concluimos la función con otro beso.

 

FIN

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